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Las aventuras descabelladas de unos cineastas independientes – Parte 1 – La llegada a Maine

December 19 2009   Leave a Comment   

Las noches de Maine son gélidas.  La nieve cubre todo menos las carreteras interestatales porque hay un presupuesto especial para mantenerlas limpias de obstáculos lo que no quiere decir que están siempre limpias de nieve pero casi siempre.

A view of Maine

A view of Maine

Llegué a Maine un domingo 13 de diciembre de éste año 2009 que se termina después de manejar desde las 9 de la mañana cruzando los estados de Nueva York, Connecticut, Massachussets, New Hampshire y gran parte de Maine porque donde venía está bien al norte.  La nieve nos encontró en Maine cuando salíamos de un Mac Donalds justo después de comer algo y beber un café mediocre como los que hay en las carreteras norteamericanas.  Era el segundo Mac Donalds que visité desde creo 1998.  El primero fué unas horas antes en Massachussets.

Estabamos cargados con todo lo que yo tenía guardado en un deposito de New York durante los pasados dos años y medio.  ¿Como  metimos todo eso en el carro?  Como un rompecabezas.

La mayor parte de las cosas transportadas eran videos en todos los formatos posibles, Mini DVs, Betacam SP, U-Matic, VHS y uno que otro VHS-8.

Una buena parte de los videos son los originales de varias producciones, incluyendo unos betas que ni siquiera llegué a verlos, que rodamos hace muchisimo tiempo en Haití para una película inédita sobre la pobre nación caribeña, algo así como una secuela a Krik? Krak! Tales of a Nightmare que núnca se hizo pero que debería hacerse.  Quizas un día me anime a editarla.

El carro, un Nissan Montero, automático, era alquilado y el acuerdo era devolverlo antes de las 10 de la noche en el aeropuerto de Bangor, la célebre ciudad de las historias de Stephen King, que resultó ser un aeropuerto pequeño.  El padre de Amy nos esperaba con su pequeña camioneta para transferir todo el material a ese nuevo vehículo, él que nos llevaría al destino programado, la casa de éste generoso señor y futuro suegro la que queda a 45 minutos de Bangor, casi aislado de todo el planeta, donde ahora me encuentro escribiendo éstas lineas utilizando el internet que llega via satélite, al igual que la televisión.  Así de alejados estamos.

La casa en Maine

La casa en Maine

La transferencia la hicimos en medio de una lluvia helada, que nos mojó a todos y muy particularmente a nuestro equipaje, él que quedó parcialmente expuesto al inclemente e inmisericorde temporal.

El viaje en la camioneta en medio de la tormenta no fué tan poca cosa.  A pesar de que las llantas  estaban acondicionadas para combatir los peligros de los hielos perversos, igual de cuando en cuando resbalaban y cuando finalmente llegamos a la pequeña colina que sube a la casa a donde nos dirigíamos, apenas pudimos trepar, las gomas casi quemadas por la fricción de las llantas contra el hielo seco y resbaloso.

Pero llegamos y aquí estamos, desempacando y guardando las cosas que se quedarán en Maine hasta quién sabe cuando.

Vinimos a visitar a los padres de Amy por las fiestas de fín de año.  Otra misión es la de poner las cosas en orden, rescatar las cosas que tenía en deposito, organizar algunas cosas de la empresa, y darnos un pequeño descanso en el trajín de producir cine y mas cine.

Pero tenemos que trabajar, tambien.  Debo terminar de editar los dos largos que lanzaremos el año que se nos viene encima, aparte de montar otros trabajos algo más urgentes porque nos dán el pán de cada día.

Pero antes de venir a Maine pasamos unos días en New York.

El viaje comenzó en La Paz el 9 de diciembre a las 8:45 de la noche con un vuelo de AeroSur, auspiciador de nuestra obra Sirwiñakuy, que así se escribe según nuestra afamada antropologa, productora y actriz la ahora eminente Doctora Henriette Eva Szabó, quién ahora se encuentra en su ciudad natal de Szeged, en Hungría, después de años de vivir y trabajar en Bolivia a donde llegó tomada de mi brazo cuando eramos una simpática pareja que se paseaba por las calles del mundo agarraditos de la mano.

Como nada es eterno, nuestra relación terminó en La Paz y ahora, años, muchos años mas tarde, después de muchas experiencias y amores estoy con Amy, a quién conocí, incidentally, en La Paz cuando yo estaba de visita el 2005 y me llegó un email de la National Geographic para que me haga cargo de la producción de un programa sobre la fiebre hemorrágica de San Joaquín.

Querían dramatizaciones, la recreación de los enventos con doctores norteamericanos incluidos por lo que puse un aviso en inglés en el Mongos buscando actores que por lo menos parezcan nortemaricanos y que hablen un perfecto inglés con perfecto acento norteamericano para que hagan los papeles de los doctores que llegaron en 1964 a investigar la epidemia que mataba a la población de San Joaquín sin misericordia.

Llegaron pocos postulantes pese a la oferta de pago.  Entre los que se acercaron a la puerta de mi casa estaba un muchacho Irlandés que prometió disfrazar su evidente acento para poder ser uno de los celebres doctores.  Venía acompañado de una muchacha muy simpática.  Amy.

Los contraté a los dos.

Cuatro años después, al finalizar el 2009 y depués de dos años y medio de vivir y trabajar en La Paz, con  visitas al Beni, Arica, Coroico y Chulumani y después de rodar dos largometrajes tres documentales, un spot para Master Card y otras cosas,  Amy y yo estabamos en el aeropuerto de El Alto, esperando que anuncien nuestro vuelo.  Con nuestras películas en discos duros, dos computadoras, una camara, algo de ropa y nada más.  Nuestro destino Miami, conectando en Santa Cruz, como es habitual en los viajes de AeroSur.

La llegada a Miami sin novedad, aunque cansados.  El paso por Miami un largo esperar en el aeropuerto para la conección a la big apple, pero gracias a un regalo navideño de Google: Wi-Fi gratis en las salas de espera del aeropuerto, no la pasamos tan mál.  Aproveché para tener mi desayunar con mi primer Bagel with Cream Cheese y un capuchinno Vite, que es bastante grande, en Starbucks Café.

La llegada a New York, tipo 6 de la noche, fué como llegar a la media noche.  Todo oscuro.  Nosotros muy cansados después de tantas horas de vuelo y espera y vuelo, y cargando nuestro equipaje.

Para hacer las cosas de manera económica, decidimos tomar el esplendido transporte público.  Primero el Air Train, un aditamiento a la ciudad de NY.  Un tren que da vueltas al aeropuerto, de terminal en terminal, para luego transportar a los recién llegados a una de las dos conecciones a la ciudad, ambas en Queens.  Escogimos la que conozco, la estación de Jamaica.

El Air Train es moderno, rápido, comodo y elegante en su austeridad.  Lo bien que le haría a la ciudad de La Paz tener uno de estos transportes que bajen de El Alto a la Zona Sur, a todo vapor, en realidad electricidad; pero estoy seguro que aquél atrevido visionario que sugiera semejante modernismo sería colgado de un farol por los transportistas de minibuses.

Del Air Train pasamos al Subway (tren subterraneo). En ese momento comencé a vivir lo familiar.  El Air Train es relativamente nuevo, lo terminaron de construir el 2005, poco antes de mi inesperado retorno a Bolivia.  Pero el Subway tiene más de cien años, lo conozco perfectamente y al comenzar la travesía por debajo de Queens, sentí como si mi estadía en La Paz fué uno de esos viajes cortitos que hice años antes.

La gente, los sonidos, las estaciones, todo igualito.  Estaba otra vez en mi ciudad, porque considero a Nueva York como mi ciudad.  Han pasado más de 35 años desde que me vine a vivir a esta ciudad.  Sus olores, sabores, colores, penas y alegrías impregnan todo mi ser, mucho más que mi ciudad natal, La Paz, donde pasé pocos pero intensos años de niño y adolecente, aunque el período crucial de mi adolecencia la pasé en Tarija donde encontré mi primer amor, mis primeras borracheras, mis primeros ataques hormonales precipitados por las bellas chapacas.

Viendo a Tarija desde Google Earth, puedo verificar mis temores. Tarija ya no es la pequeña ciudad que llegué a querer poéticamente desde lejos, mi Macondo personal donde una mañana ví un cometa, unas vacas bajando la calle desde la plaza, sus mujidos acompañados por el canto sinfónico de los sapos del Guadalquivir y todo bajo un cielo que amanecía con un color azul transparente, ese Macondo del que quería escapar desesperadamente una tarde de junio cuando me sentí demasiado oprimido durante un recro tras los alambrados del San Luis, mis ojos fijos en la lejanía mas allá del alambrado, sufrido en mis 16 años pese a tener todo o cási todo lo que un adolecente quiere en esos momentos.

Pero Nueva York no cambia pese a que vive un cambio constante, se renueva, se redecora incesantemente, se mimetiza a sus nuevos tiempos. Si ahora las calles se adaptan a los ciclistas y no al revés, cuando llegué a sus calles en mayo del 1972, éstas se adaptaban a los hippies y artistas que comenzaban a cambiar la forma de vivir en el Lower East Side y el Soho.

Manhattan es y siempre a sido un magneto potente que atrae a gentes de todo el mundo, nadie quiere tomar un bote para escapar de ésta isla cautivante, mas bien muchos salen incluso nadando de sus tierras mas cálidas, combatiendo a tiburones en el proceso, para tener el privilegio de posar sus pies en el asfalto nuyorquino y pagar altísimos alquileres por un ropero sin ventanas al que le llaman con cariño My Studio.

Y nuevamente estoy ahí, en el subterraneo, cruzando veloz el underbelly de la ciudad de Queens, parte de la gran metrópolis nuyorkina, rumbo a Astoria, cerca al lugar donde comencé mi vida en la gran manzana.

En una casa cerca del parque de Astoria, en un barrio griego, donde hay una pizzeria de lo más excelente, vive mi hermano Danny.  Su depto se convierte en un breve refugio de invierno mientras preparamos nuestro complicado viaje a Maine.

La primera mañana en Nueva York la dedicamos a Chinatown donde viví 8 años.  Ahí por Catherine street, casi chocando el East River, está el lugar donde dejé mis cosas en un deposito o como lo llaman con mas exactitud, storage.  Lo irónico es que el lugar donde mis objetos vivieron por dos años y medio, tiene la espectacular vista que me hubiera gustado tener todo el tiempo que viví en Nueva York, los grandes ventanales sobre el East River mostrando los dos puentes, el Brooklyn y el Manhattan, el uno a la derecha y el otro a la izquierda de la ventana, y al frente, más allá del ancho rio, el skyline de Brooklyn.

Después de ver que todo estaba en orden y que necesitaríamos un carro mas grande de lo que originalmente reservamos, nos fuímos a mi favorito Dim Sum chino frente a la plaza Confusio en el Bowery a dos cuadras de la East Broadway donde viví esos 8 años.

Fué precisamente en el barrio chino desde donde levanté vuelo en mi carrera de cineasta y ésta larga aventura que la iré contando a quien quiera leerla hasta contarla toda o hasta cansarme de contarla.  Aunque los primeros pasos de ésta aventura los tomé en Long Island City, alquilando una proyectora.

Soy nieto de poeta, hijo de un escritor frustrado, descendiente de un pintor muy celebrado y logrado y me úrge contar cosas, y cuando uno tiene una vida algo loca, no hay mejor cosa que contarla, no porque uno crea que es mucha cosa sino por lo vivido, por lo que se conoce en esa vida, por lo que uno encuentra, descubre, vive y experimenta.

Esto de tener un blog propio, de poder decir lo que a uno le venga en gana, es una maravilla.  La vida del planeta entero a cambiado, el acceso a la información es ahora tan simple como el aire.  Con un boliviano (me refiero a la moneda) uno puede pasar una hora en cualquier internet café de El Alto visitando el mundo o leyendo esto.

El internet es democrático, es accesible y es la maravilla de las maravillas.  Me dá la oportunidad de contar mis cosas y de escuchar a tantos de aquellos que me cuentan sus cosas, a los más no los conozco, pero sé de ellos. A muchos los disfruto al leerlos, a algunos los admiro, especialmente a una cubana.  A aquella habanera que tiene, como dicen cási vulgarmente, cojones, es más macha que muchos que se creen machos.  Así de simple.

Para un cineasta independiente como yo, este es un instrumento de lo más perfecto.  Me da, lo repito, acceso.  Acceso a gente, a mercados, a información, a películas que no las podría ver de otra forma, en fín, me lo achica al mundo y me da la oportunidad de poner mis cosas ahí, donde a cualquiera que le interese lo que hago, las pueda encontrar y en el mejor de los casos, las pueda comprar y eso me da la oportunidad de ganarme la vida y continuar haciendo lo que me gusta hacer.  Cine.

Pero no siempre fué así.  En esos días cuando daba mis primeros pasos increíblemente tímidos en la gran manzana, respirar me costaba un platal y no siempre las cosas eran simples o buenas.   En realidad las cosas eran duras, durisimas pero no imposibles.  Aprendí que todo era posible si le ponía suficiente empeño.

Claro que la experiencia de vivir en New York fué siempre buena, incluso en los peores momentos.  De todo lo que se vive siempre se puede aprovechar algo grande o pequeño.

Y ahora estoy en Maine, haciendo lo que teníamos planeado hacer, preparando los próximos pasos de ésta aventura.

Amy y Jac sobre la nieve de Maine

Amy y Jac sobre la nieve de Maine

 
     
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